viernes, 11 de julio de 2014

Irlanda, mi otra patria

En alguna ocasión una persona muy querida me preguntó que si no hubiera nacido en México, dónde me hubiera gustado hacerlo, después de refunfuñar por el cuestionamiento y ante su insistencia, dije que Irlanda. La expresión de su rostro fue digna de una  instantánea y agregó: pero... Por qué Irlanda? Le dije porque pienso que su gente es parecida a la de México, comparten problemas. No lo convencí, como seguramente no lo hago ahora ante quien pueda leer esto.

Por qué tengo un cariño especial por Irlanda? Gracias a Las cenizas de Angela, Como un niño más, Bajo el cielo de Dublín y muchas otras historias que tocaron mi corazón y de las que he olvidado su nombre en este momento  y que me conmovieron hasta las lágrimas por la desgracias del pueblo irlandés, por el sufrimiento de cada alma, por el folclor con que tiñen sus momentos, por el gusto a la bebida, por su música y sus canciones. 

En Dublín se exhiben unas escultura que representan a los miles de personas que murieron por la hambruna que azotó al país entre 1845 y 1849 y que contribuyó a un exhodo masivo a varios países y sobre todo a Estados Unidos, esto explica porque por toda Irlanda hondean ufanas las barras y las estrellas.



Cuando conocí Dublín, fue la visión de la ciudad multicultural, pero al recorrer el country side, me enamoré de nuevo, que verdor envuelve los estrechos y sinuosos caminos, con villas de casas con techos café y blancas paredes, jardines hermosamente decorados, calles con pisos de piedra, soles grisáceos o luminosos, gente por doquier, espectaculares iglesias antiguas y castillos. Yo, cual simple espectador, observaba el ir y venir de la gente, de los cuervos, del viento soplando implacable, deseando fundirme en ese momento.




Un deseo muy grande con este viaje era conocer el mar irlandés, los desfiladeros y las olas furiosas golpeteando implacables contra los riscos, me fue concedido, pero el paquete incluyó un viento poderoso, fresco, que jugueteaba con mis cabellos y que convirtió el alma del gentío que rodeaba esa cerca de filosa roca, extensa y sinuosa en un espíritu infantil y libre. Escuché los murmullos de espíritus celtas que saltaba y corrían, que se apoderaron de la multitud, qué felicidad tan grande me embargó el pecho y me atrevo a afirmar que no había una sola alma alicaída, estar ahí filtró mis emociones innecesarias, se las llevó el viento que acarició mis mejillas y que intentó levantarme del piso y hacerme volar como las blancas gaviotas. Ese encantador lugar se llama Cliffs of  Moher.





Recorrimos Irlanda hasta llegar al sur, a Tramore, un pueblo donde los rayos del sol acarician las pieles blancas de la gente y les confieren un tono dorado, un lugar con sabor, folclor y cerveza. Visitamos un pub que fue fundado hace 200 años, un lugar modesto, con techos bajos, afiches que ensalzan al irlandés amante del trago y un cantante local que en cada rima evocaba las historias felices y desdichadas de su pueblo. Al calor de la cervezas y de las palmas ardiendo por las ovaciones, mi mente sonreía alocada y luchaba por mantener la calma ante la euforia que delataba los rostros enrojecidos de mis acompañantes de viaje. 










Dejar Irlanda me dejó un hueco en lo más profundo de mi ser, sé que volveré a través de cada nueva historia que espera ansiosa porque mis dedos acaricien sus hojas y tengo la certeza que mis pies pisarán de nueva cuenta esta mágica  tierra de duendes, hadas y tréboles, acompañada de mi incrédulo favorito.


lunes, 7 de julio de 2014

En picada

Lo manifestó mi hermano y compañero de viaje, que el cansancio y desánimo haría mella en mi inocente espíritu viajero y yo asentí ante su declaración, pero cuando esa realidad me abofeteó en medio de Dublín, me miré a mí misma reflejada en un charco de lluvia en una aletargada y gris tarde, la decepción me acorraló en una esquina, mis expectativas fueron tiradas al bote de la basura. 

Llegar a Irlanda significaba un reencuentro, esas villas de aspecto medieval de Gales y de Escocia, me atraparon y me hicieron participar en el ensueño de que si en mi país se protegiera a la cultura, a los lugares, a la tradiciones, emularíamos esa belleza y me vi a mi misma rodando por un precipicio de magnitudes interminables junto con mis ideales de cera. A la par de esas cavilaciones, coqueté con la idea de vivir en un lugar así, envolverme de forma permanente en ese idílico personaje al que le he pisado la sombra desde que tengo uso de la lectura.

El ferrie, yo como una falsa infante, desdoblándome en una felicidad con dolor de estómago, tal sensación de un sismo de 3 horas y media. Dublín y su moderna cara, edificaciones añejas entremezcladas con modernas, desaliñada y ruidosa. Los pub a reventar en el ocaso del domingo y las fumarolas humanas titilando por aquí y allá.

Al día siguiente,  un letargo me envolvió el cuerpo, lo distraje con mi compulsiva acumulación de chácharas, lo que fue en vano, el vacío me tragó y me sumió en un alboratado sueño de duendes, tréboles, celtas y príncipes alfombrados.

Como siempre el héroe de esta travesía fue mi hermano, quien con trémula paciencia me arrastró al lado del Río Leffey y me obligó a disfrutar de una tarde esplendorosa, con girones escarlata y naranja, bajo un lienzo de blancura algodonada. Me sentí Bajo el cielo de Dublín y como en una torrencial lluvia recuperé las sensaciones entumecidas, vibraron en mí las voces de  la ciudad, vi a los personajes de mi vida en Irlanda desfilar junto a cada iglesia, a cada casa, en cada cochecito para pasear bebés, en los jóvenes con rojas caras de alcóhol y busqué a la temerosa e implacable mujer protectora de la infancia, Fiona, Rhonda, su nombre se perdió en la vorágine de mis emociones.

Este viaje, me ha apapachado, no he llegado yo a cada ciudad o villa, ellas me han traído, me han acompañado, me han sumergido en sí.


viernes, 4 de julio de 2014

Edinburg

Llegar a Escocia después de estar en Newcastle, no implicó para mi diferencia, con aburrida parsimonia subí al camión, sí feliz por conocer Escocia, pero con ese halo que se apodera de mí de que nada me importa y que me hacen preferir un libro y una cama, me disculpo con los verdaderos viajeros por este  exabrupto. 

Viví en una verdadera congeladora el viaje, armada con un rompevientos, maldije no haber guardado en mi maleta de mano la bufanda o lo que fuera que me quitara ese frío expectante, todo por hacerle un altar a los souvenirs y llevarlos como un tesoro.

Mi hermano interrumpió repetidamente mis cavilaciones de mi vida en México, de cuando en cuando lanzaba una exclamación derivada de la belleza de los caminos. Verdaderamente, no estaba ni cerca de la descripción real, no me canso de admirar las bellezas de esta tierra lejana, paisajes únicamente reconocidos por lo más recóndito de mi memoria, en esos viajes que hice gracias al placer del libro y la cama. La verdura que presumen sus bosques, las vacas y ovejas brillantes de gordura, el suave amarillo de algunos campos ya despojados por la mano humana, me hacen desear jamás olvidarlos, archivarlos en el cajón de la memoria al que acceso a diario, pero me embarga la tristeza porque sé que correrán a esconderse como lo han hecho los recuerdos de las heroínas y caballeros de mis libros más amados. Como en una utópica realidad guardo la esperanza de que me acompañen un poco, aunque sea, así como lo hace el fantasma de mi querida Elisa Makepeace de El jardín olvidado de Kate Morton. (Las fotografías demeritan la realidad).




Todo este viajes fue de una calma bendita, la emoción me inundó el pecho cuando vi la bandera escocesa hondear y escuché la alucinante gaita en manos de un hombre regordete ataviado del atuendo típico.




Fue creciendo la admiración al acercarme a una ciudad antigua, con susurros en el viento de todos las almas que han estado vivas y muertas, bañadas de sangre con lanzas o bayonetas atravesando mortalmente cualquier órgano vital. Castillos por doquier, casas viejas y un viento asesino que buscaba la médula de mis huesos. La gente que ha administrado esta ciudad merece todos mis respetos, mezclar respetuosamente lo moderno con lo añejo y darle un toque oscuro, fantasmagórico y cosmopolita, requerió de mentes señudas.

Nunca imaginé que hubiera tantos hombres vestidos a la usanza escocesa, esta gente sí que vive sus tradiciones y literalmente así es, gracias al turismo se benefician enormemente.

Un guía local, con todo y atuendo explicó  animadamente sobre la historia de Edinburgo y nos condujo por las calles empedradas y de subida hacia el Castillo de Edinburgo, ríos de gente bloqueaban los accesos y bajo el resguardo de policías nos mantuvieron en espera hasta que obtuvimos un ticket y pudimos ingresar, realmente era una cuesta pesada. Llegamos al corazón del castillo, construcción hermosa que nos regalaba una vista maravillosas y completa de la ciudad. Escuchaba sobre que la Reina estaría en este lugar, pero lo dudé, acepté con la mente revuelta que sería verdad, la gente se acomodaba a los costados como aparece en televisión. Estuvimos minutos que parecieron horas, hasta que por los murmullos de la gente se avisaba de la llegada, vi ascender una motocicleta con un gallardo conductor ataviado de uniforme de policía con chaleco fluorescente, luego una Land Rover y ahí, como en el relato de una novela llegó el vehículo real, dentro un hombre que pienso era un guardaespaldas y a su lado una mujer de elegancia discreta hondeando con parsimonia su delicada y pequeña mano izquierda. Era la Reina Isabel! Qué emoción me inundó, aún al paso de un día me cuesta creerlo. No pude fotografiarla.

Por el júbilo que sentí, me llené de deseos de fotografía el lugar e inmortalizas mis sensaciones en la falsa calidez de una imagen. Visité un museo sobre la guerra, imágenes de Napoleón, una bandera nazi, uniformes de la escudería inglesa, hasta una hermosa pintura de un guerrero que me pareció mongol. Coroné esta cultural actividad con  mi ufana y mortal fascinación por comprar.

 


Debimos esperar varias horas en el castillo, e incluso charlé con una mujer escocesa vestida masculinamente pero bella a su manera con la cara ajada por los años, sobre que para ella fue la primera vez que vio a la Reina, aún con toda su vida viviendo en Edinburgo. Me tomé fotos, disfruté de la vista, odié a mis acompañante y al final, empezaron los rumores de que saldría de nuevo la Reina y así fue. Jamás en la vida, he visto a nadie de su envergadura, siempre ha sido una monotonía, solo rota por los personajes influyentes y poderosos de mis fantásticos relatos. Lo mejor que pude obtener es la siguiente fotografía.


Fue un día alucinante que terminamos con un espectáculo escocés de cena típica, charla animada con mis acompañantes en mi inglés particular y música de gaita con bellas bailarinas.





Detalles para viajar

Este es mi primer viaje intercontinental, así que todo ha sido nuevo, iniciando por las escalas en Estados Unidos, en Phoenix fue un poco como en California, paisanos por doquier; pero en Charlotte, Carolina del Norte no había una alma latina, salvo yo. Viajé de pants y tenis, lo que me ayudó a soportar las horas sentada, aunque llegó un momento donde todo me era insoportable.

Mi hermano, el experto viajero me hizo recomendaciones muy útiles, la que quiero resaltar es la de cuidar la ubicación, el martes 2 de julio en la visita a York, 2 personas se perdieron, fue penoso el asunto porque la joven que sí llegó a tiempo de ese trío, sufrió a raudales y lloró como Magdalena, todos sufrimos y todos nos alegramos cuando aparecieron. 

Además la cuestión de la comida, en este plan de viaje en el que me encuentro hay que cuidar cada libra, para ello las tiendas de comida rápida son realmente útiles, sándwich de cerca de 3 libras con un jugo o agua está dentro del presupuesto.

El agotamiento es otro tema, ahora en mi  6 día en Reino Unido estoy muy cansada, pero la visión del viajero debe se a disfrutar a pesar del cansancio que mo sé cuándo podré regrese si lo hago.

Ah y cuidado con las compras tempraneras, porque tanto te acabas el dinero para el viaje como después no cabe en la maleta o la sobrecargas. Los detalles pequeños son los mejores y nada más para las persona realmente representativas.


Newcastle

Después de York, seguimos a Newcastle, llegamos a cenar y dormir. Mi hermano se mostró insistente de que debería ver la ciudad y me hizo prometerle que a primera hora daría un paseo. Lo hice después del desayuno, agradezco haber ido. Un amanecer desde las 4 de la mañana, para las 7:30 que salí al frío de la mañana (para mi), me sorprendí por la imagen que me regaló, qué cielo más blanco con girones azules.

Junto al río en donde está el hotel está un puente hermoso y cerca un monumento plateado.


miércoles, 2 de julio de 2014

York

La visita de ayer inició a las 8:30 saliendo de Coventry hacia York, fue un viaje de 3 horas que llegó a exasperar, aunque ahogué ese sentimiento con mi típica forma de dormir. Los paisajes que pude apreciar, fueron de un verde intenso, algunas vacas pastando en una calma alucinante.

Pasamos por una gasolinera inglesa a descansar, en ésta había un pequeño supermercado.




York es una ciudad fascinante, amurallada, hecha de una piedra que exhalaba los secretos a forma de murmullos que se confundían en el sonido del viento. Vino al recuerdo fosos,  caballeros con armaduras, princesas y dragones.

El punto principal en que nos concentramos fue en la Iglesia de York, bello monumento, con tendencia barroca, símbolo de la religión anglicana.



 Enmarcado por las alucinantes Torres, se encuentra un centro de comercio prolífero, donde se encuentra a lo más exclusivo de la moda, como artículos hechos por manos locales. Me agradó encontrar un mercado, no sé cómo se le llame acá.
 

Oxford, Stratford Upon-Avon y Coventri


Salir de Londres fue una probadita de la rutina inglesa de la zona urbana, un tráfico que nos llevó a vuelta de rueda hasta Oxford. Realmente no me importó, la noche anterior sufrí de insomnio, por más que rogué no pude descansar ni pegar el ojo. Por tanto, me escondí detrás de las gafas negras y disimulé un falso interés por el bello campo inglés, a ratos con unos incontenibles cabeceos. 

Oxford es un lugar con magia, desde que   nos recibió con esas casas hechas de piedra y madera me transporté a un escenario de brujas, dragones, cazadores, bellas doncellas rubias y pelirrojas. Qué lugar más bello. En el centro observé los edificios universitarios,  uno con columnas que me remitieron en pensamientos a la griegos, otros conservando a la roca con que los edificaron y con inscripciones en latín, me maravillaron. 


Partimos rumbo a Stratford Upon-Avon y Liz, la guía no dejaba de mencionar que visitaríamos un lovely place, esa descripción fue rebasada por la realidad, lugar más encantador, centellaba una magia, hasta pude escuchar los murmullos de Shakespeare y su amada Anna. La gente que paseaba por sus calles lo hacía en medio de un halo de romántico anhelo, incluyéndome.


Esperaba de Coventry fuera igual que los dos anteriores pueblos, me sorprendió una ciudad moderna, pienso que mi idea inicial se debió al recuerdo de una exasperada Dorothy en mi novela The secret keeper de Kate Morton. La parada  fue en la Universidad de Coventry, para ver una iglesia un tanto en ruinas provocadas por bombardeos en la Segunda Guerra Mundial,  la bienvenida la da una escultura suspendida a la mitad de un edificio moderno donde el demonio yace bajo la espada de un ángel, resultó perturbador para mí. 



martes, 1 de julio de 2014

El Támesis y mi desborde de felicidad

Por la tarde del lunes 30 de junio, después del tour mañanero tomamos una profunda siesta, previamente en el camión perdí la razón por el sueño, mi cuerpo fue abandonado y cayó en las redes de un intenso Morfeo.

El camión que nos llevaría al Tour por el Támesis, se retrasó. Oh! Tráfico en Londres! No sé por qué me sorprendió. Al fin abordamos y empezamos a recorrer hoteles en búsqueda de los demás participantes.

El guía fue un hombre larguirucho con un rostro que emulaba a Mr Bean, el segundo que observo en Inglaterra, ya estoy pensando que esa es la cara típica.     Gozaba de un excelente sentido del humor lo que divertió sobremanera a los paseantes, yo me abstuve porque mi comprensión del inglés es limitada.

El primer punto fue un 'pub', un lugar agradable con una escalera en forma de Caracol, mi primera petición fue una cerveza, misma que la de mi sobrino Ramon, 
quién se ganó una mirada de alerta de la mesera, pero él la detuvo con su 'I'm eigtheen'. Obtuvo de premio su cerveza.



La cena consistió en una ensalada, una carne horrible y un pedazo de chessecake. Hice puntos para mi infierno según Enrique Cruz.

 

La ciudad de Londres nos regaló una tarde típica, lluviosa y oscura, lo que le confirió a la travesía por el Támesis un aire de misterio, mi primer reacción cuando lo vi de frente fue: cuanta gente deben haber lanzado, incluyendo al amado Jimmi de Vivien.

El paseo fue en una lancha, la felicidad que embargaba mi pecho quería ahogarme, estuve en un espacio símbolo de la humanidad, ver ese puente me desarmó. Avanzamos y mi euforia se hizo mayor cuando estuve cerca de la London Eye, cuantas imágenes pasaron corriendo por mis recuerdos, aún siento mi ser vibrar al evocar ese momento.

Cuando me enfrenté cara a cara con el Bin Beng, esbocé una gran sonrisa de Arlequín y le robé varias fotos a ese monumento con el que he soñado desde  siempre.

Fue hechizante.