Viví en una verdadera congeladora el viaje, armada con un rompevientos, maldije no haber guardado en mi maleta de mano la bufanda o lo que fuera que me quitara ese frío expectante, todo por hacerle un altar a los souvenirs y llevarlos como un tesoro.
Mi hermano interrumpió repetidamente mis cavilaciones de mi vida en México, de cuando en cuando lanzaba una exclamación derivada de la belleza de los caminos. Verdaderamente, no estaba ni cerca de la descripción real, no me canso de admirar las bellezas de esta tierra lejana, paisajes únicamente reconocidos por lo más recóndito de mi memoria, en esos viajes que hice gracias al placer del libro y la cama. La verdura que presumen sus bosques, las vacas y ovejas brillantes de gordura, el suave amarillo de algunos campos ya despojados por la mano humana, me hacen desear jamás olvidarlos, archivarlos en el cajón de la memoria al que acceso a diario, pero me embarga la tristeza porque sé que correrán a esconderse como lo han hecho los recuerdos de las heroínas y caballeros de mis libros más amados. Como en una utópica realidad guardo la esperanza de que me acompañen un poco, aunque sea, así como lo hace el fantasma de mi querida Elisa Makepeace de El jardín olvidado de Kate Morton. (Las fotografías demeritan la realidad).
Todo este viajes fue de una calma bendita, la emoción me inundó el pecho cuando vi la bandera escocesa hondear y escuché la alucinante gaita en manos de un hombre regordete ataviado del atuendo típico.
Fue creciendo la admiración al acercarme a una ciudad antigua, con susurros en el viento de todos las almas que han estado vivas y muertas, bañadas de sangre con lanzas o bayonetas atravesando mortalmente cualquier órgano vital. Castillos por doquier, casas viejas y un viento asesino que buscaba la médula de mis huesos. La gente que ha administrado esta ciudad merece todos mis respetos, mezclar respetuosamente lo moderno con lo añejo y darle un toque oscuro, fantasmagórico y cosmopolita, requerió de mentes señudas.
Nunca imaginé que hubiera tantos hombres vestidos a la usanza escocesa, esta gente sí que vive sus tradiciones y literalmente así es, gracias al turismo se benefician enormemente.
Un guía local, con todo y atuendo explicó animadamente sobre la historia de Edinburgo y nos condujo por las calles empedradas y de subida hacia el Castillo de Edinburgo, ríos de gente bloqueaban los accesos y bajo el resguardo de policías nos mantuvieron en espera hasta que obtuvimos un ticket y pudimos ingresar, realmente era una cuesta pesada. Llegamos al corazón del castillo, construcción hermosa que nos regalaba una vista maravillosas y completa de la ciudad. Escuchaba sobre que la Reina estaría en este lugar, pero lo dudé, acepté con la mente revuelta que sería verdad, la gente se acomodaba a los costados como aparece en televisión. Estuvimos minutos que parecieron horas, hasta que por los murmullos de la gente se avisaba de la llegada, vi ascender una motocicleta con un gallardo conductor ataviado de uniforme de policía con chaleco fluorescente, luego una Land Rover y ahí, como en el relato de una novela llegó el vehículo real, dentro un hombre que pienso era un guardaespaldas y a su lado una mujer de elegancia discreta hondeando con parsimonia su delicada y pequeña mano izquierda. Era la Reina Isabel! Qué emoción me inundó, aún al paso de un día me cuesta creerlo. No pude fotografiarla.
Por el júbilo que sentí, me llené de deseos de fotografía el lugar e inmortalizas mis sensaciones en la falsa calidez de una imagen. Visité un museo sobre la guerra, imágenes de Napoleón, una bandera nazi, uniformes de la escudería inglesa, hasta una hermosa pintura de un guerrero que me pareció mongol. Coroné esta cultural actividad con mi ufana y mortal fascinación por comprar.
Debimos esperar varias horas en el castillo, e incluso charlé con una mujer escocesa vestida masculinamente pero bella a su manera con la cara ajada por los años, sobre que para ella fue la primera vez que vio a la Reina, aún con toda su vida viviendo en Edinburgo. Me tomé fotos, disfruté de la vista, odié a mis acompañante y al final, empezaron los rumores de que saldría de nuevo la Reina y así fue. Jamás en la vida, he visto a nadie de su envergadura, siempre ha sido una monotonía, solo rota por los personajes influyentes y poderosos de mis fantásticos relatos. Lo mejor que pude obtener es la siguiente fotografía.
Fue un día alucinante que terminamos con un espectáculo escocés de cena típica, charla animada con mis acompañantes en mi inglés particular y música de gaita con bellas bailarinas.











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