lunes, 7 de julio de 2014

En picada

Lo manifestó mi hermano y compañero de viaje, que el cansancio y desánimo haría mella en mi inocente espíritu viajero y yo asentí ante su declaración, pero cuando esa realidad me abofeteó en medio de Dublín, me miré a mí misma reflejada en un charco de lluvia en una aletargada y gris tarde, la decepción me acorraló en una esquina, mis expectativas fueron tiradas al bote de la basura. 

Llegar a Irlanda significaba un reencuentro, esas villas de aspecto medieval de Gales y de Escocia, me atraparon y me hicieron participar en el ensueño de que si en mi país se protegiera a la cultura, a los lugares, a la tradiciones, emularíamos esa belleza y me vi a mi misma rodando por un precipicio de magnitudes interminables junto con mis ideales de cera. A la par de esas cavilaciones, coqueté con la idea de vivir en un lugar así, envolverme de forma permanente en ese idílico personaje al que le he pisado la sombra desde que tengo uso de la lectura.

El ferrie, yo como una falsa infante, desdoblándome en una felicidad con dolor de estómago, tal sensación de un sismo de 3 horas y media. Dublín y su moderna cara, edificaciones añejas entremezcladas con modernas, desaliñada y ruidosa. Los pub a reventar en el ocaso del domingo y las fumarolas humanas titilando por aquí y allá.

Al día siguiente,  un letargo me envolvió el cuerpo, lo distraje con mi compulsiva acumulación de chácharas, lo que fue en vano, el vacío me tragó y me sumió en un alboratado sueño de duendes, tréboles, celtas y príncipes alfombrados.

Como siempre el héroe de esta travesía fue mi hermano, quien con trémula paciencia me arrastró al lado del Río Leffey y me obligó a disfrutar de una tarde esplendorosa, con girones escarlata y naranja, bajo un lienzo de blancura algodonada. Me sentí Bajo el cielo de Dublín y como en una torrencial lluvia recuperé las sensaciones entumecidas, vibraron en mí las voces de  la ciudad, vi a los personajes de mi vida en Irlanda desfilar junto a cada iglesia, a cada casa, en cada cochecito para pasear bebés, en los jóvenes con rojas caras de alcóhol y busqué a la temerosa e implacable mujer protectora de la infancia, Fiona, Rhonda, su nombre se perdió en la vorágine de mis emociones.

Este viaje, me ha apapachado, no he llegado yo a cada ciudad o villa, ellas me han traído, me han acompañado, me han sumergido en sí.


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